martes, 28 de junio de 2016

Reportaje Viajero


Lidia López Pinedo

 

Abriendo los ojos al mundo desde LONDRES


 

Abriendo los ojos al mundo desde Londres

 

 

La vida pone obstáculos que a veces parecen difíciles de superar. Pero si de verdad pones empeño, no sólo consigues saltarlos, sino que te abre caminos con destinos insospechados y algunas veces maravillosos...

 


Fue duro asimilar, entender y más difícil aún aceptar que mi vida daría un cambio radical. Tendría que aprender a vivir mi vida a media luz.
 
Cuando me descubrieron mi enfermedad de la vista siendo sólo una adolescente sentí que el mundo se me caía encima. Fue duro asimilar, entender y más difícil aún aceptar que mi vida daría un cambio radical. Tendría que aprender a vivir mi vida a media luz. Tendría que aprender a vivir con una baja visión que me obligaría a empezar de cero y así lo hice. Quizás por eso la vida me premió poniéndome delante un punto de inflexión que marcó un antes y un después.



 

En el año 1997 yo ya había entrado en la ONCE, había aprendido a leer braille, había hecho un curso de telefonía y trabajaba cómo Telefonista Recepcionista. Un trabajo que no me gustaba en absoluto. Entonces pasó...

 

Una amiga me contó que había un curso que hacía la ONCE llamado Leonardo Da Vinci que consistía en hacer un curso de inglés de seis meses de duración. Tres meses las clases serían en Madrid y tres meses en Londres. Mi corazón se aceleró en el pecho porque esa era la oportunidad de oro que estaba esperando para dejar ese trabajo que tan poco me gustaba y de abrir mis ojos al mundo. De demostrarles a todos y a mi misma que a pesar de tener una discapacidad no me iba a quedar llorando en un rincón.

 

El problema era decírselo a mis padres. Decirles que me iba de Barcelona a vivir a Madrid y a Londres durante seis meses no sería fácil. Pero lo hice aunque cuando ya estaba segura de que me habían aceptado.

 


Hice mis maletas cargadas de sueños, ilusión, miedo, ganas y un sinfín más de sentimientos
Pusieron el grito en el cielo y me dijeron que estaba loca, pero me dio igual. Hice mis maletas cargadas de sueños, ilusión, miedo, ganas y un sinfín más de sentimientos y una fría mañana de Enero cogí un tren con rumbo a Madrid.



 

 

Rumbo a lo desconocido

En ese tren íbamos Vero, Ana y yo. Las tres vivíamos en Barcelona y la ONCE nos puso en contacto. No nos conocíamos de nada pero íbamos a convivir juntas. El viaje fue largo, pero lleno de risas, confesiones, y porque no decirlo también un poco de miedo. Llegamos a Madrid de noche, estaba nevando y allí nos esperaba una prima de mi padre que se encargó de buscarnos alojamiento. Ella nos llevó a cenar a su casa y luego nos llevó a nuestro nuevo piso. Aquella noche empezó mucho más que una aventura para nosotras. Empezó una amistad de esas que son para siempre.

 

La estancia en Madrid fue increíble. Las tres nos adaptamos a la ciudad cómo si hubiéramos vivido toda la vida allí. Es una ciudad preciosa, con gente maravillosa que te acoge y te hace sentir en casa.

 

En el curso conocimos a más gente con la que congeniamos rápidamente. No tardamos mucho en quedar y salir de fiesta todos juntos. También aprovechamos la estancia para hacer pequeños viajes a Toledo, o a Granada dónde Inma, (otra compañera del curso) vivía y nos invitó a pasar un fin de semana maravilloso en el que pudimos disfrutar de la Alhambra y toda la magia de esta gran ciudad.

Viviendo la magia de Granada / Foto Propia.­­­­­­

 

El tiempo en Madrid voló..., y por fin llegó el gran día de salir de España por primera vez en mi vida. Londres nos esperaba.

 

Adiós y hola

 

Después de los tres meses transcurridos en Madrid volvimos a Barcelona para despedirnos de nuestras familias antes de partir a Londres. La despedida fue dura. Aunque para mí era una aventura maravillosa, para mis padres era una locura. Tenían miedo de dejar a su hija que saliera de España siendo deficiente visual. No entendían cómo podría manejarme sola en un país en el que se hablaba otro idioma y encima viendo tan poquito. Así pues cuando llegó el día mi padre me llevó al aeropuerto y jamás olvidaré su cara de preocupación y cómo se le llenaron los ojos de lágrimas cuando me vio desaparecer junto a Ana y a Vero en aquellas escaleras mecánicas. Nosotras también llorábamos, pero en nuestro interior nacía la ilusión y crecían las ganas de volar muy alto.

Por fin en Londres / Foto Propia.

 

 

Llegamos de noche. La primera sorpresa fue al subir al autocar que nos vino a recoger porque el conductor estaba a la derecha y el vehículo también circulaba por la derecha al contrario que en España. Parece una tontería pero al principio impresiona. Al llegar al colegio que sería nuestro hogar durante los siguientes tres meses nos recibieron muy agradablemente y nos enseñaron nuestras respectivas habitaciones, después llamamos a casa para avisar de que habíamos llegado bien y agotados nos fuimos a dormir.

 

A la mañana siguiente al asomarme a la ventana me sorprendí de ver la maravilla del paisaje que me rodeaba. Campos verdes inmenso, muchos árboles y..., muchas vacas.

 

Estábamos en el condado de Kent y todo alrededor era naturaleza. Preciosos bosques por los que pasear. El colegio se llamaba Dorton College y estaba situado en la pequeña aldea de Seal, situada a su vez en el pueblo de Sevenoaks.

 

Cuando me planteé ir a Londres pensé que sería una bonita aventura y que tenía que hacerlo pero la ciudad en sí no me seducía demasiado, pensaba que no me gustaría porque me imaginaba una ciudad lluviosa, triste y gris. Pero nada más lejos de la realidad.

 

Visitamos mil lugares, pequeños pueblecitos cómo Brighton en el que me sorprendí por encontrar una preciosa playa en un día radiante de sol. Visitamos también la Universidad de Oxford, impresionante y majestuosa.  Paseamos por el campus y navegamos en canoa por el río que tantas veces ha albergado las competiciones entre Oxfor y Cambridge.

 

Oxford en estado puro / Foto Propia.

 

 

Visitamos museos, todos los sitios más turísticos: El Big Ben, The House of Parlament, Saint Paul Cathedral, Picadelli Circus...,  montones de lugares y rincones maravillosos que alberga Londres. Nos impregnamos de la ciudad, nos entró por todos y cada uno de los poros de nuestro cuerpo. Pero no sólo fueron sus paisajes lo que nos enamoró, sino la amabilidad de la gente.

 


Todos teníamos algo que podía con todas esas trabas. Todos teníamos unas ganas inmensas de VIVIR.
Para nosotros fue una gran aventura, porque aprendimos a desenvolvernos en una ciudad desconocida teniendo una gran discapacidad porque todos mis compañeros al igual que yo tenían alguna. Unos tenían ceguera, otros tenían problemas de audición, pero todos teníamos algo que podía con todas esas trabas. Todos teníamos unas ganas inmensas de VIVIR.



 

El viaje nos enseñó muchas cosas. Nos enseñó a valorar la belleza de los paisajes más desconocidos de una ciudad como Londres. Nos enseño que hay que dejar a un lado los prejuicios cuando vas a un país desconocido y dejarte llevar. Pero también nos enseñó lo importante y maravillosa que es la amistad cuando estás lejos de casa.

 

Después de casi veinte años este recuerdo sigue muy dentro de mí, no sólo en mi memoria, sino en mi corazón porque marcó un antes y un después en mi vida. Y sobre todo me regaló grandes amigos que siguen estando y estarán siempre en mi vida aunque estemos separados por cientos de Kilómetros.

 


Amigos para siempre / Foto Propia.